
Para unos son un juez severo. Para otros un ángel de la guarda. Acabar pensando una cosa u otra del examinador de tráfico que nos evalúa el día que intentamos conseguir nuestro permiso de conducir depende en gran medida de su valoración final. Aunque, como en todo, siempre hay sorpresas. “Yo he suspendido a alumnos que aun así han salido del examen diciendo que la próxima vez querían volver a examinarse conmigo. Quizá porque les había transmitido tranquilidad o porque, al explicarles sus fallos, los comprendieron y salieron convencidos de que la siguiente vez lo harían perfecto. En momentos así te das cuenta de que lo estás haciendo bien”, asegura Miguel Ángel Sánchez Fernández, coordinador especialista de Formación de Conductores de la Subdirección Adjunta de Formación Vial de la Dirección General de Tráfico (DGT).
Sánchez sabe de lo que habla, ya que ha pasado décadas evaluando futuros conductores, una labor vocacional que define como “emocionante”. Joaquín Jiménez Murillo, presidente de la Asociación de Examinadores de Tráfico (Asextra), comparte esa valoración de su actividad profesional, pero la complementa con otra característica: la responsabilidad. “Como examinadores somos responsables de realizar una valoración rigurosa, minuciosa e imparcial para determinar si una persona está suficientemente preparada para conducir de manera segura, adecuada y autónoma por las vías públicas. Somos muy conscientes de la trascendencia que tiene nuestro trabajo y del compromiso que asumimos con la sociedad. Precisamente por esa responsabilidad, consideramos fundamental que nuestra actuación sea siempre objetiva e impecable, porque detrás de cada prueba hay una decisión que tiene una repercusión directa en la seguridad vial”, resume.
Actividad regulada. Desafortunadamente, a pesar de la rigurosidad y el esfuerzo por mantener un alto nivel de calidad en su labor, sobre la figura del examinador circulan muchos mitos y no todos son buenos. “La idea que más prolifera y molesta es la de que engañamos, y/o que tenemos un cupo de aprobados, y/o que recibimos un complemento económico asociado al número de suspensos. Creo que la sociedad no es plenamente consciente del trabajo que hay detrás de nuestra labor, ni de la formación y supervisión permanente a la que estamos sujetos”, asegura Jiménez Murillo.
Aquellos que creen más en los bulos que en la realidad se sorprenderían de los filtros y controles que debe superar una persona antes, durante y después de sentarse en un vehículo a evaluar la capacidad de otra para conducir. El primer argumento para rebatir la desinformación sería aclarar que la figura del examinador no deja espacio a la arbitrariedad, está completamente regulada. Concretamente aparece reflejada en la Directiva Europea 2025/2205, que se encuentra transpuesta en nuestro ordenamiento jurídico en el Anexo VIII del Reglamento General de Conductores. Esta norma detalla tanto los requisitos que debe cumplir quien quiera desempeñar esta función como la formación inicial que debe poseer y los aprendizajes periódicos que debe adquirir durante su carrera profesional para mantener la calidad de su trabajo. “También explicita cómo deben ser esos recursos formativos y establece mecanismos para garantizar la calidad”, explica Montserrat Pérez López, subdirectora general de Formación y Educación Vial de DGT.
Antes y ahora. El camino para llegar a ser examinador comienza hincando los codos y, por supuesto, sabiendo conducir. “Cuando yo decidí intentarlo, hace ya 40 años, la DGT se nutría única y exclusivamente de funcionarios del propio organismo. Actualmente, el sistema de acceso ha cambiado radicalmente. Para ser examinador hay que superar la oposición al Cuerpo General Administrativo de la Administración del Estado, en la especialidad de Tráfico, bien por acceso libre o por promoción interna, y es cierto que, en la actualidad, una gran parte de los aspirantes procede del sector de las autoescuelas y de la formación vial”, asegura Joaquín Jiménez Murillo.
Pero con aprobar esa oposición no basta, los dos exámenes que la componen (uno teórico que recoge multitud de aspectos normativos y prácticos y otro de circulación en vías abiertas) son tan sólo el primer filtro. El segundo lo constituye un curso selectivo que tiene lugar en el Centro de Formación de la DGT en Móstoles (Madrid) al que sólo acceden aquellos que quedan mejor clasificados en la oposición. Para lograr el objetivo de convertirse en examinador debe completarse con éxito este programa en el que tanto la formación como la evaluación y la calificación de las pruebas corren a cargo de la propia Dirección General de Tráfico.
FUENTE: Web Revista DGT.






